El día de San Juan. Yuriria, Guanajuato.
El día de San Juan
24 de junio de 2014
Recuerdo bien aquella tarde. Yo tendría apenas unos veinte años y comenzaba a encantarme de la fotografía cada vez más.
Recuerdo que una conocida había recién adquirido una cámara y me había pedido que le enseñara un poco sobre fotografía y composición, así que pasamos parte de esa tarde caminando por el jardín principal de Yuriria tomando fotos aquí y allá, sin ninguna prisa y con esa emoción que se tiene cuando uno apenas empieza a descubrir el mundo a través de un lente.
En algún momento me dijo que su tío era el campanero del ex convento y que quizá podría darnos permiso para subir. A mí siempre me había llamado la atención ver Yuriria desde ahí arriba, así que habiendo aceptado su tío, acepté sin pensarlo.
Subimos aquellas escaleras antiguas, oscuras y estrechas mientras el viento que se colaba por las escasas ventanas que rodeaban la escalinata comenzaba a sentirse cada vez más fuerte y húmedo.
Ya arriba, el pueblo se veía distinto, más silencioso, más pequeño. Desde esa altura se alcanzaba a ver el barrio del Tareta, donde crecí; el templo de la Preciosa Sangre de Cristo y al fondo el cerro del Coyontle todavía iluminado por los últimos rayos del sol de la tarde.
Pero lo que realmente dominaba la escena era el cielo.
Como cada Día de San Juan, comenzaban a juntarse las nubes de lluvia. Recuerdo que mis abuelos siempre decían que el 24 de junio casi nunca fallaba, que tarde o temprano terminaba lloviendo por lo que había que tener cuidado con los planes. Y aquella vez no sería la excepción.
Las nubes provenientes del rumbo de Salvatierra avanzaban rápidamente sobre el pueblo, formando una especie de techo oscuro y enorme que contrastaba con la luz cálida que todavía alcanzaba algunas partes de Yuriria. Para mi era impresionante. El viento soplaba con fuerza allá arriba elevando mi adrenalina que ya de por si despertaba la altura y luego por momentos todo parecía quedarse suspendido, como si el pueblo estuviera esperando la llegada de la tormenta, mientras abajo la gente caminaba presurosa.
Aproveché entonces para tomar varias fotografías con mi antigua Nikon D3100. Esta fue una de ellas.
Con los años he entendido que quizá lo que más me gusta de esta imagen no es solamente la tormenta o el paisaje, sino el recuerdo de aquella tarde: subir al convento, sentir las ráfagas de viento, escuchar las campanas de cerca y descubrir con el paso de los años, que la fotografía también podía guardar momentos y emociones, no solo escenas.

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